Se cumplen estos días tres años y un alcalde ―caramba, cómo pasa el tiempo― de la primera botillada berciana en la Antártida: el primer botillín cocido en agua de iceberg, en los fogones de la base Gabriel de Castilla, en Isla Decepción, donde un nutrido grupo de investigadoras, científicos y militares del Ejército de Tierra se unieron, a 13.000 km de distancia, al Festival Nacional del Botillo de Bembibre.

Reencontré estos recuerdos ―¡­y tantos otros de mis cinco meses de aventuras en los mares australes!― esta semana cuando el mensajero llamó a la puerta y dejó sobre el felpudo lloviznado dos cajas de cartón con la etiqueta: “14 libros, “Antártida”. Remite: Ediciones del Viento”.

Tras un embarazo largo y un parto difícil ―venía de nalgas―, por fin había llegado el niño, mi nuevo libro: “Antártida”. Olía aún a placenta: a tinta fresca, ese olor de imprenta que amamos los autores y autoras como si nos fuera la vida en ello.

Un niño rollizo, 450 páginas, tiritando bajo una portada desnuda, hielo y soledad; apenas envuelto en una bufanda blanca que anuncia solemne: “Contiene toda la Antártida”. Cosas del editor, Eduardo Riestra, que es el padre de la criatura; y de la diseñadora Inés de la Peña, que es la madre. Yo solo soy el autor, ya saben, el 10% del asunto; pero hoy no he venido aquí a hablarles de mi umbral de dolor literario, sino de los recuerdos que fluyeron en cuanto abrí la caja y el bebé se deshizo en pucheros.

Comencé a pasar hojas nervioso ―siempre es la primera vez para quien ama su oficio, y yo amo el mío―, y el azar me llevó a la botillada en Isla Decepción; y al verla allí contada, entre “toda la Antártida”, me sentí orgulloso de haber tenido el atrevimiento, la osadía, de imaginar que podíamos hacer una botillada en la Antártida. Lo recuerdo cada vez que alguien me dice, “eso no se puede hacer”, “es imposible”, “te vas a esnafrar” y todas las demás prevenciones propias de cobardes y timoratos. Ya les digo yo que “Sí, se puede”.

La iniciativa era descabellada, como todas las buenas ideas. Fue a finales de octubre de 2016, poco antes de partir para la Antártida, cuando hablé con el entonces alcalde de Bembibre, Manuel Otero, a quien envío un abrazo, y le expliqué mi viaje ―lo que se preveía, pues fue cambiando el rumbo como la veleta del tótem de Isla Rey Jorge donde clavé el indicador: “A Bembibre, 13.000 km”.

Le pedí a Manolo una docena de botillos con sus chorizos y una caja de vino; y cierta discreción, pues no podía garantizar que los botillos y chorizos llegaran en buen estado, ni que el comandante ―previo plácet de sus superiores en el Ejército de Tierra― diera permiso para celebrar la botillada. Pero el alcalde se entusiasmó con la idea y dos días antes de partir recogí el pedido: había más vino y más botillos de los encargados. Recordé la pauta de la alpinista Chus Lago que llegó al Polo Sur en solitario: no llevar más peso del necesario. ¡Y ni siquiera sabía si me dejarían embarcar aquel paquete!

Cuando llegué al muelle de Vigo, disimulé como pude la carga de contrabando, arrastrando mis cinco petates por la escala del buque Sarmiento de Gamboa. En cuanto abandonamos la ría, pedí a Primi, el cocinero, que guardara los embutidos secretos en la gambuza. Me miró con recelo, pero fue mi cómplice hasta que dos meses después alguien ―el comandante o el destino― decidió que podía permanecer tres semanas en la base Gabriel de Castilla; y los botillos y chorizos viajaron conmigo en la zodiac sin que nadie lo supiera.

Una semana después, cuando hube franqueado la confianza del comandante, le conté el plan; y tras partirse de risa, obtuvo de sus superiores el permiso para la primera botillada antártica.

La víspera del Festival de Bembibre, al regreso de una exploración de sismología en Caleta Péndulo, nos aprovisionamos de buenos trozos de iceberg, recién desprendidos del Glaciar Azul, uno de los parajes más espectaculares de la isla. Ya en la cocina, los chefs Álex y Sergio dispusieron tres grandes ollas, adecuadas para zambullir los botillos en purísima agua de iceberg. Cocina fusión.

Antes de comenzar la cena, entregué a la base como recuerdo de mi estancia un ejemplar de El Señor de Bembibre, que allí sigue, en la pequeña biblioteca del módulo de vida, por si alguien se anima a leerlo. Y ofrecí a mis entusiastas compañeros y compañeras de expedición este brindis: “Es un honor compartir el primer botillo del Bierzo en la Antártida con esta irrepetible compañía, la dotación del Ejército de Tierra y los investigadores de la trigésima campaña. Igual que la Antártida, El Bierzo es tierra sin fronteras, abierta, hospitalaria, en la que esperamos vuestra visita —y alzando al cielo la copa de mencía, exclamé—: ¡Por la Ciencia, por la Antártida y por El Bierzo!”.

Puesto en pie, y todos con él, el comandante Daniel Vélez, respondió: “¡Por el botillo, por El Bierzo, y por España!”; y nuestros brindis se escucharon entre los aplausos de los mil doscientos invitados reunidos en el pabellón del Festival de Bembibre, a trece mil kilómetros de distancia.

Con voluntad y con cariño, se podía hacer y lo hicimos. Otro día les hablaré de hacer otras cosas que «sí, se pueden».